
ENCUENTRO A DESHORA CON AROZARENA
de José Almeida
![]() Arozarena, junto a los también fetasianos Isaac de Vega, Antonio Bermejo y José Antonio Padrón, son algunos de los escritores que más han aportado a las letras canarias una literatura auténtica en su expresión, innovadora en su línea investigadora, terriblemente encantadora en sus contenidos. De todos los libros que suelo releer porque me parecieron extraordinarios, maravillosos o excelentes, a uno de los que más acudo es al libro “Caravane. Poemas y prosas (Antología 1959-1990)” de Rafael Arozarena editado en la colección de la Biblioteca Básica Canaria. Me encanta este libro que les sugiero lean con ateneión porque está plenamente conseguido, de un perfecto irregular acabado. “Caravane”, son un compendio de poemas, cuentos, poéticas literarias y artículos; aquí nos vamos a encontrar el paisaje, la novela o el poema, el mar o tierra adentro, la realidad del ambiente o el sueño, el lenguaje trillado o el cómo ganar la expresión nueva: todo ellos son puntos de creación o motivos de reflexión que van contenidos en esta antología de Rafael Arozarena, podemos leer en la solapa. Julio Cortázar tiene un libro que se titula “Salvo el crepúsculo”, publicado después de su muerte en la editorial Alfaguara que combina también los textos en poemas con los textos en prosas. Cortázar cuenta que un amigo le recriminaba el que editara un libro de estas características, que era una frivolidad porque los poemas necesitan de una sintonía mental distinta a la que se necesita cuando se lee prosa. A lo que Cortázar contestaba preguntándose invariablemente: ¿Por qué, a semejanza servil de los criterios de la vida cotidiana se tiende a creer que en lo serio, en lo grave está la verdad y que el juego y la diversión, comporta falsedad o frivolidad? Ahí queda eso para entretetimiento reflexivo de ociosos. Aunque Rafael Arozarena escribe novelas, cuentos, ensayos o artículos, él es esencialmente un poeta. Y cuando digo poeta lo digo en su más exacta significación actual: aquel ser que actúa como transmisor, como médium de las más intensas y convulsas palpitaciones del mundo, de la vida, del universo; aquel que atiende y distingue con todos sus sentidos los ecos y las voces; aquel que nos descubre ámbitos distintos, territorios diversos; aquel que nos inventa a cada verso en el poema. Si “A la sombra de los cuervos” se edita en 1947, han de pasar una docena de años para hallarnos frente a su segundo poemario “Alto crecen los cardos” (1959). Hay una esplicación para razonar esta larga tregua de su escritura: la reflexión, la investigación, la construcción de un mundo novedosamente poético. Una etapa de speculación y conocimiento que no hubiese sido posible ha comentado el propio Arozarena, si el azar no hubiese puesto en su camino, la figura de otro escritor, el novelista Isaac de Vega, con el que compartió el Premio Canarias de Literatura en 1988. Un salto al vacío Rafael Arozarena, único poeta del grupo fetasiano, entiende el poema como “un salto al vacío”. Sitúa al poeta sobre una escritura que más parece un abismo al que hay que saltar. En el poema está todo por descubrir, por aparecerse, por revivir. La mano del poeta es sólo un medio para alcanzar la realidad que siempre tiende a escaparse. El poeta actúa de enlace para hacerse con ese sueño que se va a desvanecer en la nada, que está desvaneciéndose en medio de la oscuridad de la noche o del claro del alba o del peso del mediodía. |
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